
La Galerna
·29 de agosto de 2025
Florentino Pérez compra el fútbol español

In partnership with
Yahoo sportsLa Galerna
·29 de agosto de 2025
—¿Puedes venir ahora mismo?
Las palabras de Florentino Pérez no me sorprendieron, estaba acostumbrado a ser, además de su amigo, un apagafuegos. Me levanté (estaba tumbado en el sofá viendo pescar perlas a Sophia Loren), cogí la moto y en media hora estaba en el salón de su casa, delante de una taza de café y un brioche de Aguirre. Lo vi bien, delgado, con buen color.
—Escúchame atentamente —dijo soltando una voluta y dejando un sutil olor a humo en el aire—, he decidido comprar todo el fútbol español, enterito: árbitros, contables, presidentes, dirigentes, políticos, juntas directivas, comerciales de Rolex… TO-DO.
La taza de porcelana de Bidasoa resbaló entre mis dedos. Intenté atraparla al vuelo, bajando raudo mi brazo derecho, pero fue inútil: dio un pequeño bote y derramó su negro contenido sobre la alfombra. Con la frase de Florentino resonando en mi cabeza, me quedé mirando cómo un reguero de café dejaba su huella, moviéndose lentamente a derecha e izquierda, como si fuese una rúbrica.
—Pero, presi —dije recogiendo la taza—, usted no puede hacer eso, usted no.
—Estoy harto, lo he intentado de mil maneras, todas legales, y ha sido en vano. Es un estamento podrido, sin ninguna posibilidad de regeneración, lleva así décadas. Solo se puede competir contra ellos con las mismas reglas. Bueno, con las mismas no, lo haremos mejor, mucho mejor. ¿Pagos por informes que no existen? ¿Reintegros en ventanilla de 3000 euros? ¿Desgravar en Hacienda? Eso no es corrupción, es miseria. Somos el puto Real Madrid. Voy a comprarlo todo, les voy a enseñar cómo se hacen las cosas, ya va siendo hora de que los corruptos sepan quién es el Real Madrid.
—No haga eso, de verdad, me decepciona.
—No tengo otro remedio, nos han abocado a ello. Hacer trampas, corromperse, es duro, sí, pero es la única manera de salvar al Real Madrid. Y para hacerlo necesito tu ayuda. No será la primera vez que te lo pido y, si Dios quiere, tampoco la última.
Me costó digerirlo, pero supe que tenía razón. En mi fuero interno me alegré.
—Usted dirá, jefe, estoy a sus órdenes.
—Gracias, no esperaba menos de ti. Pasa a la biblioteca, te están esperando, él te dará todas las instrucciones.
—¿Quién es él?
—Mi mejor hombre, el más fiel: Coentrão.
Cuando abrí la puerta de la biblioteca me lo encontré ojeando Moby Dick. Me miró y sonrió. Iba vestido con un jersey de lana gruesa, un pantalón de goma —tipo peto, con tirantes—, unas botas katiuskas y un sombrero impermeable de ala ancha, alargado por detrás. En su boca colgaba un pitillo con la ceniza consumida.
—No me mires así, eu estava pescando e não tive tempo de me trocar, o presidente me llamó e aqui estou. Siéntate. Vamos a falar. ¿Quieres un cigarrillo?
—No, gracias.
—Bien, melhor ainda, imagino que Florentino já te ha puesto al tanto de nossa missão. Precisamos comprar todo el fútbol español. Lo haré yo en su nombre, yo contactaré con todos ellos y les ofreceré un acuerdo muy ventajoso para beneficiar al Real Madrid, para obtener, como ellos mismo la llaman, neutralidad. Estoy retirado y soy pescador, nadie dudará de mi palabra, y mucho menos cuando eu mostrar as maletas de dinheiro. Tu misión, atiende bien, es la siguiente…
El despacho estaba en el portal número 7D bis de la calle Neptuno, en un quinto piso sin ascensor, compartiendo espacio con una academia de confección de trajes de faralaes regentada por Margarita de Barbate y su nuevo novio, un vidente senegalés que se hacía llamar Budumán o Buduwoman según el sexo de sus clientes. Pegado a la puerta de la academia, un turgente maniquí lucía un traje gris mugre, otrora blanco, con volantes de lunares rojos. Una peluca lacia, la pintura del rostro descascarada y unas manos huesudas a las que les faltaban varios dedos completaban el aspecto del figurín.
El calor exterior, 41 grados en plena canícula, y la empinada escalera, que parecía crecer a cada escalón, hicieron que llegase a mi destino con la frente perlada de sudor y la respiración agitada, como un pez boqueando fuera del agua. Pasé al lado del maniquí, lo rocé y la falta de resuello y mi querencia natural por aquella lozanía hizo que me entretuviera más de la cuenta y tropezase con sus volantes precipitándonos los dos escaleras abajo. Afortunadamente, la distancia hasta el descansillo no era grande y salí prácticamente indemne. Mi flamenca no pudo decir lo mismo: su cabeza se golpeó contra un peldaño, rebotó en la pared y salió disparada por el hueco de la escalera. El resto de su cuerpo (excepto la cabeza, que se estrelló con estruendo cinco pisos más abajo y alertó a varios vecinos) quedó debajo de mí, en una postura cómica y comprometida.
—¿Qué hace usted ahí? ¿Se encuentra bien?
Budumán me miraba con ojos airados. Era alto, espigado, vestía una túnica holgada, de manga ancha, con varios colores de tonos brillantes.
—He tropezado.
—Sí, ya veo. Le importa quitarse de encima de Esmeralda.
—¿Esmeralda?
—Sí, mi maniquí.
—Perdone —dije azorado. He trastabillado y nos hemos venido abajo.
—Yo diría que se han venido arriba. ¿Qué se le ofrece?
—Vengo de parte de Coentrão.
Budomán me miró de arriba abajo. Sus ojos negros refulguraban bajo unas cejas muy finas, delicadas, perfiladas. Su rostro, alargado y huesudo, me recordó a una ilustración de un cuento infantil, el del genio de la Lámpara de Aladino. Solo le faltaba el turbante.
—Suba, llega tarde, le estábamos esperando —contestó después de unos segundos que se me hicieron eternos.
Me incorporé, sacudí mi ropa y levanté con cuidado a la maltrecha Esmeralda. La cogí del talle y subimos los escasos escalones que nos separaban de Budomán.
—Sígame, y deje de hacer el idiota. El maniquí le costará quinientos euros, le tenía mucho cariño.
Abandoné, no sin cierto cargo de conciencia, a Esmeralda en el descansillo y llegué a la puerta de entrada sin contratiempos. Esta lucía, como si fuesen las pulidas medallas de un militar, cuatro placas rectangulares, bien alineadas, con las letras hendidas, pintadas en color rojo y las leyendas:
—Cuarta puerta a la izquierda —dijo Budomán. Querubín le atenderá, nosotros iremos enseguida. Intente no llevarle la contraria, es un poco inestable.
—¿Inestable?
—Sí, inseguro, irregular, tiende a hacer cosas sin sentido, pero esté tranquilo, es completamente inofensivo.
El pasillo era largo y estrecho, mal iluminado, al fondo, atenuado por un cortinaje granate, se vislumbraba el resplandor de una ventana. Caminé los pasos que me separaban de mi objetivo con cierto nerviosismo. Mi sombra se alargaba por el suelo, bailaba, cambiaba de forma, subía y bajaba por la pared siguiendo la luz de los apliques. Al llegar, respiré hondo y toqué con los nudillos la puerta de Querubín. Esperé unos segundos y, al no contestar nadie, volví a llamar.
—Adelante —dijo una voz aguda y desagradable.
Abrí la puerta. Querubín estaba de espaldas, trabajando en una inclinada mesa de dibujo iluminada por un flexo. El resto de la habitación estaba casi a oscuras, igual que el pasillo.
—Usted dirá —dijo sin levantar la cabeza.
—Me envía Coentrão, necesito sus servicios.
Querubín giró la silla y me miró fijamente de pies a cabeza. Era estrábico, con la cara redonda, papada y unas gruesas gafas de culo de botella. El poco pelo que tenía lo extendía en vano para dar la impresión de no ser calvo, a lo Anasagasti, como si se lo hubiese lamido una vaca.
—Antes de nada quiero recordarle que somos una organización secreta, un grupo de apoyo incondicional al Real Madrid. Nada de lo que pase entre estas cuatro paredes saldrá de…
Querubín saltó de la silla, se aflojó el cinto y se bajó los pantalones de un tirón, agachándose y estirando los brazos con fuerza hasta las rodillas. Luego se quedó unos segundos pensativo y dijo:
—¿Hace calor, no?
—Sí —contesté sorprendido y sin saber dónde meterme—, estamos en plena ola, dicen que durará hasta el jueves.
—¿Le importa quitarme los zapatos?
—No, no, con mucho gusto —dije recordando la recomendación de Budomán—, siéntase como en su casa. ¿Prefiere que empiece por el derecho o el izquierdo? ¿Le apetece también que le quite los calcetines?
Querubín no me escuchó, miraba fijamente un punto del techo. Se volvió a subir el pantalón y continuó hablando como si nada hubiese sucedido.
—Esta reunión no se ha producido ni se va a producir. No sé si me explico.
—Perfectamente —contesté.
—Vale, entonces usted dirá.
—Iré al grano, han llevado al Real Madrid al límite de su paciencia. Llevamos más de tres décadas de corrupción y no hemos conseguido revertir la situación, todo son enjuagues, cambios de cromos y nuevos Rolex que pasan de muñeca en muñeca. Vamos a comprar todo el fútbol español. Necesito que se encarguen de unos asuntitos, pan comido, ya saben, que hagan lo que siempre hacen. Coentrão me ha dicho que son ustedes los mejores de Europa.
Querubín tragó saliva, se levantó y se tumbó boca abajo en el suelo.
—¿Le apetece tomar un café? —dijo mientras simulaba nadar.
—No, gracias, ¿está cómodo? ¿va usted muy lejos?
—Sí, comodísimo, ¿le importa que me duche?
En ese momento entraron Budomán, con su túnica brillando como un faro, y Margarita —guapísima— con un traje de faralaes morado, muy escotado, con lunares blancos, que destacaba entre la oscuridad y se ceñía a su cuerpo como una segunda piel. Los tacones de sus zapatos resonaron en el suelo.
—Levántate, Querubín —dijo Margarita arrodillándose con dificultad a su lado y dándole un beso en la calva—, estás incomodando a este señor.
—Perdónele, no tiene mala intención; simplemente, a veces se aturulla —dijo mirándome desde el suelo. Es un bendito, y el mejor hacker de España.
—Sí, eso me dijo Fabio. También me comentó que usted es la jefa del grupo y que funcionan como un reloj. Querubín es el ciber, Budomán lleva la logística e infiltraciones y tú, espero que no te moleste que te tutee, eres mediadora, haces tratos personales y extorsionas cuando la situación lo requiere. Sois, además de licenciados en Economía, Derecho y Filosofía, maestros del disfraz, expertos en artes marciales, escapismo, contorsionistas, fruteros y maestros cerrajeros. Y más madridistas que don Santiago Bernabéu.
—Sí, somos todo eso, y muchas cosas más. ¿Qué necesitas?
Les repetí lo que le había contado a Querubín. Escucharon atentamente. Me costó hacerlo porque los ojos color miel de Margarita se inmiscuían en el relato.
—Nos parece perfecto. Ya era hora de hacer algo —dijo Budomán.
—Sí, y vosotros vais a ser los encargados de llevarlo a cabo. Necesito que Querubín diseñe una estructura financiera limpia, completamente opaca, a prueba de cualquier auditoría. Quiero que abra 47 cuentas en algún paraíso offshore, me da igual que sea en Panamá, en las Islas Caimán o en Liechtenstein, lo fundamental es que no se pueda rastrear, que no haya ningún vínculo entre esas cuentas y el Real Madrid. Quiero que estén a nombre de las personas que figuran en este sobre —dije mientras se lo entregaba sin mirarlo—. Y quiero que transfiera de los fondos de la cuenta de Florentino Pérez cinco millones de euros a cada una de ellas. Naturalmente necesito que todos esos movimientos de entrada y salida queden camuflados, ocultos, como si nunca hubiesen existido.
—No se preocupe —dijo Querubín—, utilizaré sociedades pantalla, fundaciones, pagos a proveedores ficticios, sobrecostes. Nadie descubrirá nada. Puedo infiltrarme, modificar o destruir cualquier sistema informático del mundo. Solo es cuestión de tiempo.
Querubín se levantó, se quitó la camiseta y se marchó de la habitación. Sus compañeros no hicieron ningún ademán de detenerle. Continué hablando:
—Todos van a recibir un total de siete millones: dos en metálico, que entregará Coentrão, y otros cinco mediante las transferencias que efectuará Querubín. Quiero —dije mirando a Budomán y Margarita—que ustedes filmen, documenten, con la mayor claridad posible, cada entrega del dinero. Aquí tienen —dije ofreciéndoles otro sobre— dónde, cuándo y a quién se va a hacer cada reparto. Hay que dejar constancia de esas entregas, no quiero que a ninguno de estos tarados les dé por pedirnos más dinero o extorsionarnos. Será nuestro seguro particular. Les mandaremos una copia del video, así sabrán a qué atenerse.
Querubín volvió a entrar en la habitación. Venía empapado, con la ropa chorreando. No había tardado ni un minuto. Se estiró la lengua de pelo que le quedaba, la moldeó en su cabeza tapando la mayor parte posible de su calva y se sentó.
—¿Estás mejor, cariño? —le preguntó Margarita.
Querubín asintió.
—Muy bien, ha sido un placer —continué, retomando la conversación—. Cuando tengan todo listo quiero que hagan lo siguiente: lleven en propia mano un pendrive con todos los movimientos bancarios y todos los videos de las entregas a Florentino. Yo me pondré en contacto con ustedes si necesitamos algo más.
Seis días después de mi reunión se produjo la primera entrega de las 47 previstas. Coentrão las realizó en diferentes escenarios: el cine Bidasoa de Irun, donde estaban reponiendo Capitanes intrépidos, la cafetería del puerto de Barcelona, el Dragón Khan de Port Aventura, un local de tronío y la estafeta de correos de Matalascañas.
A) Arbitro N1. Entrega en el cine Bidasoa, película Capitanes intrépidos. La única complicación es que los dos terminaron llorando, él después de abrir el maletín y ver el millón de euros y Coentrão con la muerte de Manuel, el pescador portugués. “¡Ay, mi pescadito deja de llorar, ay, mi pescadito no llores ya más!”. Se le partió el corazón.
B) Arbitro N2. Entrega en la cafetería del Puerto de Barcelona. Llegó mamado, había celebrado la victoria del Barcelona en un amistoso. Tardé 5 horas y varios cafés con sal en conseguir que me reconociera. Le entregué el maletín, lo abrió e intentó darme un beso con lengua. Cuando salió se resbaló y cayó al agua. Llamó ayer exigiendo otro maletín, parece que el primero yace en el fondo del puerto.
C) Políticos. 19, uno de cada Comunidad Autónoma. Entrega en un reservado privado del pub Kung-Fu. Cuero rojo, espejos y muchas chicas de imagen. Abrieron sus maletines y contaron hasta el último céntimo. Al marcharse me pidieron 350 euros para dietas y 20 para un taxi.
D) Árbitros 4,5,6 y 7. Exigieron que la entrega fuese grupal. Deben de ser todos primos, tienen los mismos apellidos. Justo al hacerlo, se sumó a la fiesta un hombre que se identificó como directivo culé. Entró como una exhalación, dijo “¿Qué hay de lo mío?, cogió un maletín al azar y se marchó corriendo. Todos los árbitros están discutiendo para saber de quién es el maletín. El directivo me llama cada dos horas para saber cuándo es la siguiente entrega.
E) Dirigentes. Quieren, además de cobrar más, media docena de Rolex, un jamón 5 Jotas, un abono para la Maestranza y un piquito (o dos).
F) Resto de árbitros. Entregas sin novedad. Doce de ellos, al reconocer a Coentrão le sacaron tarjeta roja y luego, al ver el maletín, se disculparon. “Ya sabe, la costumbre” —gimotearon entre lágrimas.
Budomán (o Budowoman) y Margarita estaban presentes en todas las entregas. Su repertorio de disfraces, sumado a las diminutas cámaras provistas de la última tecnología, les permitió grabar sin problemas todas las transacciones. Una semana más tarde, el día 15, comenzó la Liga.
Dos días después de ganar la Liga, Florentino Pérez convocó una insólita rueda de prensa en el césped del Santiago Bernabéu. Era algo inusual, lo supimos porque no solo convocó a las autoridades y medios de comunicación, sino también a los aficionados, socios y todas las plantillas del Real Madrid. La noticia cogió por sorpresa a todas las redacciones, y en la mayoría, después del desconcierto inicial, se empezó a especular con su retirada. Era lógico, se había cumplido un ciclo, el estadio estaba terminado, la economía saneada y el legado, en forma de títulos, buen hacer y prestigio, era inmenso. Nadie tenía ninguna duda de que Florentino Pérez y Santiago Bernabéu habían sido los dos mejores presidentes de la historia del Real Madrid. El ambiente entre la afición era triste, como de despedida, en contraste con la alegría por los logros cosechados en una gran temporada: el Real Madrid había ganado Liga y Copa y la Champions estaba al alcance.
Ese día de primavera, que no olvidaré en mi vida, con el Santiago Bernabéu lleno y un sol radiante, yo estaba navegando con Coentrão cerca de la costa alicantina.
"Olá, querido amigo, estou em Santa Pola, precisava pescar nas mesmas águas que o senhor Santiago. Vem, comeremos churrasco, pescaremos e viveremos a vida”.
Había dejado el Atlántico por unos días, cogido vacaciones y abrazado el Mediterráneo. Estábamos en una pequeña chipironera, con los sedales en el agua, escuchando expectantes en la radio el discurso inicial de la rueda de prensa de Florentino:
—Bienvenidos al Santiago Bernabéu, a este histórico acto.
El estadio rugió, si aquello era una despedida tenía que ser inolvidable. Muchos empezaron a corear el nombre de Florentino, la emoción se desbordaba en el graderío.
El presidente hizo un gesto rogando silencio.
—Hace un par de días estábamos celebrando un nuevo título. Uno más en la inalcanzable historia del mejor club del mundo, pero este es muy especial, y no como ustedes piensan. Les ruego que presten atención:
Todos los focos del Bernabéu se apagaron.
En la pantalla gigante empezó la proyección. Querubín y Margarita habían hecho un excelente trabajo. En poco menos de cinco minutos desfilaron en un video todas las entregas de dinero. Las caras se veían perfectamente, el audio era incontestable. Un murmullo creció y empezó a recorrer las gradas.
La luz volvió al estadio.
El Bernabéu estaba mudo, paralizado.
Florentino volvió a subir al atril. Su voz sonó con firmeza:
—Hace 10 meses tracé un plan para comprar todo el fútbol español. Fue sencillo, lo conseguí sin apenas esfuerzo, simplemente con mi dinero, con una facilidad, como acabáis de ver en el vídeo, insultante. Hoy mismo, en cuanto termine este acto, enviaré un pendrive a todos los medios de comunicación del mundo. Contendrá el video que acabáis de ver, una lista con los nombres de todos los corruptos, los movimientos bancarios y las transferencias efectuadas a sus cuentas en paraísos fiscales. Así mismo, un especial de Real Madrid TV dará cuenta de todos los detalles de esta operación. Naturalmente me pongo a disposición de la justicia para asumir las consecuencias que hayan podido acarrear mis actos. Nadie más en el Real Madrid, ningún dirigente, conoce esta operación. La diseñé yo y la llevé a cabo con mi dinero.
Florentino detuvo su discurso y bebió agua. Los aficionados no reaccionaban, nadie se movía.
Continuó:
—El fútbol español lleva podrido décadas. He intentado regenerarlo de mil maneras, todas ellas, como no podía ser de otra manera, legales, haciendo honor a nuestra inmaculada historia. Los dos títulos ganados esta temporada, la Copa y la Liga, no tienen ningún valor, renegamos de ellos, espero que nos sean retirados lo antes posible. El Real Madrid aceptará el castigo que le imponga la nueva estructura del fútbol español, que espero y deseo parta de cero, alejada de estas décadas de mala praxis y corrupción. Ojalá a partir de ahora todo cambie, ojalá, Dios así lo quiera, que esto sea el inicio de una nueva época. Lamento sinceramente el sufrimiento causado a los jugadores, socios y aficionados.
En el barco, Coentrão me miró con los ojos húmedos. Abría y cerraba las manos espasmódicamente.
—No me lo puedo creer —murmuró.
Las más de ochenta mil personas que estaban en el Santiago Bernabéu se pusieron poco a poco en pie, en silencio, luego sonaron unos aplausos tímidos. Después una atronadora ovación que duró varios minutos. Gritos de “¡Florentino, Florentino!” se escucharon en Madrid, extendiéndose por España y el mundo. Muchos lloraban.
El orgullo se apoderó de todos los aficionados.
Aquel era el mejor título de la historia.
Fabio se frotó los ojos. Las lágrimas le resbalaban en cascada por las mejillas. Intentó hablarme y se le trabó la lengua un par de veces. Yo también empecé a llorar.
—Este es mi club, rapaz, este es el puto Real Madrid, el mejor club del mundo.
Imágenes generadas con IA, excepto la de D. Santiago Bernabéu
En vivo