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Hubo una jugada en el partido de la otra noche en Anoeta contra la Real Sociedad en que Militao me recordó a Cannavaro en el Mundial de Alemania del 2006. Fue la del pase en profundidad a la carrera de Vinícius que casi termina en el 0-3. Militao se impuso, sobre la bombilla del área propia, a un rival. Lo hizo poderoso, dominante, como un escolta de la NBA entrando a canasta a hacer un mate. Luego asistió en largo a su compañero desmarcado, con la sutileza y el virtuosismo de un Ramos, y en ese instante se elevó por encima del capitán de la selección italiana campeona del mundo hace quince años. En diez segundos, fue Cannavaro, Pepe y Sergio Ramos. Da igual cómo termine este año 2021: para siempre será recordado como el curso en el que se graduó en la aristocracia del fútbol Eder Gabriel Militao, natural de Sertaozinho, Estado de Sao Paulo, Brasil.

El lema de Sertaozinho es Fide et Labor, fe y trabajo. Pasó más de un año hasta que Militao empezó a ganarse el respeto de la hinchada madridista. Un año de fe, mucha, y de aún más trabajo. Las desgracias le abrieron el camino. Suele pasar en el fútbol, que es una quintaesencia acelerada de la vida: las desgracias de los demás abren oportunidades para los que están listos para aprovecharlas. El crepúsculo de la carrera madridista de Sergio Ramos allanó el camino de este chico que con 23 años ya ha dejado claro que pagar 30 millones de euros al Oporto por él fue un chollo.

El crepúsculo de la carrera madridista de Sergio Ramos allanó el camino de este chico que con 23 años ya ha dejado claro que pagar 30 millones de euros al Oporto por él fue un chollo

Militao ejerció en San Sebastián, ante el mejor equipo vasco del momento, de frontón de pelota vasca. Por momentos parecía que Dios lo controlara con el mando de la play, dándole al cuadrado y a la equis cada vez que un delantero de la Real rondaba el área de Courtois con la pelota controlada. El Averno madridista está hecho a base de imágenes deplorables en las que centrales desbordados despejaban sin ton ni son al centro del área y los contrarios cazaban los rechaces, remachando el ataúd de muchos equipos madridistas en infinitas ediciones de la Copa de Europa, la Copa del Rey o de la Liga. Militao el otro día parecía venido del cielo para resarcirnos a todos de todas esas noches de infamia.

Como el primer Pepe, esa jugada que mencionaba antes lo consagraba de alguna manera. Hay pocas cosas más bellas en el fútbol que ver salir a un defensa central montado a caballo desde su cueva, con la pelota controlada, cosida al pie, el pecho arriba, erguido, capitán general. Militao entronca con la tradición brasileña de los Lucio, de esos gendarmes elegantes y fuertes, pero también es tremendamente europeo en su plasticidad, en su manera agresiva y muy británica de ir al suelo con total seguridad, de hacer el tackle jugándoselo todo. Militao iguala a Varane en la anticipación y lo mejora en el juego de pies. De cabeza es lo mismo, incluso a veces parecía que el francés, con todo lo largo que era, iba con miedo a los balones rifados, como si no se creyera su propia envergadura. Eso con Militao no pasa porque tiene ese punto de locura temeraria que lo hace inconsciente, osado. La experiencia prueba que para triunfar en el Madrid es necesario no mirar abajo cuando se está haciendo funambulismo.

Por momentos parecía que Dios lo controlara con el mando de la play, dándole al cuadrado y a la equis cada vez que un delantero de la Real rondaba el área de Courtois con la pelota controlada

La transición del Varane-Ramos al Militao-Alaba es una de las claves del éxito presente del Madrid de Ancelotti. Se presentaba como algo peliagudo lo de pasar de una pareja fundamental en el ciclo victorioso del Madrid en su Edad de Plata a una cosa nueva, dos tipos que jamás habían jugado juntos: Militao, que sólo llevaba meses cogiendo galones de jefe, y Alaba, un jerarca del Bayern en los últimos cinco años que en realidad se había tirado casi toda su carrera siendo lateral izquierdo. De momento la cosa está saliendo de cine porque han coincidido dos trayectorias paralelas en estado de gracia y una mano sabia que las dirige, acomodándolas al estilo general del equipo.

No es que no haya una pareja de centrales mejores en España o en Europa: es que ahora mismo no habría dos tipos que encajaran mejor con el modo en que el Madrid se imagina a sí mismo y Ancelotti construye sus equipos. Militao y Alaba conforman un Rat Pack perfecto para este Real que se inspira en lo que fue para transitar hacia lo que quiere ser: no son Stam y Nesta pero tampoco hace falta que lo sean. Ágiles, duros, pero también plastilina. Ancelotti, que nunca fue Lippi, no ha articulado un cerrojo, porque ni tiene los mimbres ni está en el sitio adecuado para ello. En su lugar se ha fiado a la eficacia de uno de los mejores porteros del mundo, si no el mejor, y en un esquema con automatismos zidanescos que sabe sufrir sostenido por dos guardaespaldas.

Militao y Alaba conforman un Rat Pack perfecto para este Real que se inspira en lo que fue para transitar hacia lo que quiere ser

El Madrid de Ancelotti es el cuarto equipo menos goleado de Primera. En cambio, es el más goleador. Esa es la diferencia sustancial con respecto al año pasado. Zidane logró potabilizar cada gol a favor como maná en el desierto a base de blindar al equipo, pero ese no es el estilo del menos italiano de los entrenadores, un discípulo de Sacchi que cuenta con el maravilloso haber de tener más Copas de Europa que títulos de liga como entrenador en su palmarés. Sin embargo la pareja de alabarderos Militao-Alaba ya está generando la sensación, entre la gente, de invulnerabilidad, que tan bien casa con la superstición propia del fútbol. Pasa un poco lo mismo con las estrellas de los equipos. A Vinícius, como a Cristiano en su día, ya le pitan por el mero hecho de ser: es la señal manifiesta del miedo al mejor, del temor reverencial que suscita el superclase entre las hinchadas ajenas. Con los grandes porteros o con las defensas envueltas en el halo de la baraka sucede lo mismo. Para la forja de una leyenda sólo se necesita gente dispuesta a creer, y unos cuantos partidos con apariencia de milagro.

El siglo XXI ha visto un par de las mejores parejas de centrales de la historia del club. Del Pepe-Ramos se pasó al Ramos-Varane. El cambio entonces fue natural, incluso Pepe permaneció flotando entre la titularidad y el rol de tercer central un par de buenas temporadas. El paso ahora se presumía más traumático precisamente porque, de golpe, se cambiaba a un tándem asentado, que se entendía con la mirada, lleno de títulos y de experiencia, a un dúo nuevo. La incertidumbre ha sido despejada y no en partidos menores: Camp Nou, San Siro, contra el segundo y el tercero en Liga, Valencia…Alaba, que ha llegado con bagaje y curtido, se ha encontrado con un joven de 23 años hecho de la madera de los grandes. La conexión ha surgido de manera natural. De hecho, Militao pasa el test entre enero y mayo de este año, cuando de facto el Ramos-Varane se desintegra entre lesiones y devaneos institucionales. Entonces, sin que nadie diera un duro, toma cuerpo como defensor de altura, fuerte, seguro de sí, mestizaje de todos los grandes zagueros de los últimos 25 años. Militao es una especie de decantación de todo lo que ha pasado en el arte de defender en Europa desde Fernando Hierro hasta Gerard Piqué. En cierto modo es la prueba de cómo el Madrid, desde 2004 y todo aquello de que no había en el mundo central que valiera para jugar aquí, ha sabido adaptarse y encontrar un perfil determinado de kamikaze virtuoso que sabe jugar en el alambre, un poco al margen del ruido mundanal que vuelve locas las cabezas (Iván Campo, Rubén, Samuel, Woodgate…). Éxito de un perfil de búsqueda del club y paradigma de todo lo que ha cambiado en el fútbol europeo desde Hierro, Kuffour, Maldini y Thuram, Militao se perfila como titular para diez años y, desde luego, en la imaginación de los madridistas ya encarna el axioma camachesco: sin duda, se ha hecho grande al ponerse la camiseta blanca.

Fotografías Imago.

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