ZZ, el dandy interior

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A Zinedine Zidane podríamos coronarlo elegante por aquel gol de volea mágica de la Champions o bien por su figura de monje ensimismado de Giorgio Armani. Quiero decir que Zidane es un ejemplar de distinción macho dentro y fuera del campo. Pocos casos he visto de tío distinguido en calzoncillos, que galopa como un geómetra y mira a lo lejos, previo al pase, como pensando un alejandrino. Ya de entrenador, es un jefe que asiste a los banquillos de estadios donde fue pelotero de fomentar el asombro. Porque lo que pasa con Zidane es que vas a un estadio y en la hemeroteca de ese estadio hay un gol imposible de su firma de dandi, ese zurdazo donde la potencia se habla con la elegancia. El gol infinito de la Champions, sí. Vivimos días en los que a Zidane, de pronto, no se le quiere tanto, o se le quiere menos, pero ya sabemos que el primer culpable de un resultado de traspiés es el entrenador, aunque no lo sea. No es un Zidane en horas bajas, pero sí un Zidane no en la mejor hora. De ahí que yo veo el rato oportuno para hacerle el monumento a su elegancia, que es como decir a su carácter. Los elogios conviene no hacerlos sólo el día que triunfas en la Champions. Zidane prorroga y prestigia una estirpe escueta de dandis de dorsal donde están Michael Laudrup, o Fernando Redondo. Puso de moda la calvicie como enigma. El silencio, en él, ha sido hábito, y el silencio es una elocuencia de lo elegante. A Zidane le miramos el traje impecable y le vemos antes la cabeza, esa cabeza suya de ermitaño que fue auriga que fue filósofo. Los románticos se pasaban la vida acuñando una cabeza, su cabeza única, una sólida cabeza soberbia que pudiera acabar de molde de eterna cabeza de estatua. Zidane la cabeza la trajo ya ultimada, con contundencia exótica y una virilidad de fina línea, y no de mentón de auriga sin afeitar, tan de bigardos a la italiana. Parece que incluso la tonsura, su tonsura, fuera voluntaria. Le han llamado “el marqués”, de modo fácil, pero nada anecdótico, y también “el magnífico”, porque algo hay en él, en efecto, de excelencia por encima de la buena lámina, de timidez por debajo de todo el bullicio de spot que adorna su oficio planetario y, por tanto, su vida, pública o privada. No milita en los guapitos del farde, ni tampoco en los creídos que miran al cielo, al meter un gol, por chupar cámara. Ha preferido el Olimpo, no menor, de los tímidos. Es lo contrario al hortera profesional del fútbol, que tanto repercute, y pareciera que es embajador de Unicef, o de otra cosa, antes de que lo nombraran, que sí lo nombraron un día. La timidez incurable, la calvicie que hizo calva, los ojos chinos, el caminar de atleta, pero pausado, y el silencio como cortesía. O sea, como enigma. Todo eso avala a Zidane como elegante o distinguido. Como distinto. Sigue el lema viejo del sabio: “Busca el vivir oculto”. Y lo sigue con un traje a medida que también se le veía en el campo.  Porque con ese traje a medida inventó aquel eterno gol de lejos, que entró en la red como un pensamiento caído desde no se sabe qué costado del cielo. De modo que un respeto.