
La Galerna
·30 de agosto de 2025
Y volver, volver...

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·30 de agosto de 2025
El Madrid siempre vuelve y con él vuelve el fútbol, la alegría más sencilla y más universal de mi casa. Espero el fin de semana, espero la jornada de Champions (que ya se asoma al doblar la esquina) y mi vida —que a despecho de los pesimistas profesionales de esta oscura era que vivimos, me sigue pareciendo una maravilla— adquiere el matiz más blanco, noble y profundo de cuantos puedan percibirse con esos ojos que decía Saint-Exupéry tiene el corazón de los hombres. El Bernabéu se enciende y late. La atención del mundo tiene de nuevo un foco en dónde posarse y es por ello por lo que nosotros también volvemos, dispuestos a mirar el drama sin final de la gloria jugada en el albur de los once locos del balón. Volvemos también a padecer el agobio de una eterna injusticia, porque nunca se nos ha de olvidar que la malignidad opera contra todo lo que es bueno y brilla. Jugamos un juego de reglas corrompidas, de jueces venales y de una muchedumbre de anencefálicos (propios y ajenos) recomida por el rencor y la más llana estupidez. No importa. Siempre ha sido así. No hay odios nuevos frente al héroe eterno.
Por el momento nada se puede hacer sino apelar a la nobleza, al poder de la voluntad, al apetito del triunfo legítimo y a la esperanza de que la insolvencia moral de nuestros adversarios algún día reciba el repudio popular y el escarmiento merecido en los tribunales.
Ahora mismo, al escribir estas palabras ya se han cumplido dos jornadas de la pringosa liga Negreira. Los que saben o creen que saben afirman que el equipo es otro, que muestra intenciones de juego inexistentes la temporada pasada, que hay un estratega al mando y que en Valdebebas se ha instalado, después de un periodo de afables grisuras, la ley de eso que han dado en llamar “fútbol moderno”. Espero que sea así si esto ayuda a ganar partidos y títulos; si al final del camino, por bellas que sean las cabriolas y sofisticadas que sean las ideas, no hay una corona con el nombre del Real Madrid escrito en ella, no me interesa absolutamente nada el asunto. Siguen por ahí los mentecatos que suponen que la estética puntúa los domingos. Se equivocan, lo que se premia en el deporte es la eficacia, se sabe. Pero esto apenas comienza y queda mucho por jugar. Me exijo a mí mismo el rigor de la “ardiente paciencia” nerudiana. Es menester atestiguar el devenir natural de los acontecimientos para juzgar con prudencia, como siempre deseo hacerlo (aunque a veces se me adelanten los hígados), el desempeño de nuestro equipo en esta liga 2025-2026. Ya lo veremos en su momento y su lugar precisos.
nada se puede hacer sino apelar a la esperanza de que la insolvencia moral de nuestros adversarios algún día reciba el repudio popular y el escarmiento merecido en los tribunales
Mientras tanto baste afirmar que yo no soy profeta, no sé qué va a pasar, pero sé bien lo que deseo que suceda. Espero que el equipo tenga clara la convicción de triunfo, la serenidad para enfrentar las crisis (que siempre llegan), el carácter para resistir en la trinchera cuando toque hacerse fuerte ante adversarios poderosos. Esto a mí me basta, sea cual sea el resultado. El fútbol me apasiona porque acaso sea el espejo más preciso de la vida: abunda la injusticia, la tragedia, la sorpresa que nadie había anticipado, los finales tristes y también (que tampoco somos masoquistas) las alegrías, que en el caso del Madrid son más dulces y continuadas que en ningún otro lugar. Incluso hay algunos casos de generosidad y magnanimidad, hay que decirlo. Yo, que por formación, decisión y convicción tengo una lectura tecnocrática de la realidad, me despojo de todo antojo cuantitativo ante el rectángulo verde y me dejo tomar por el sopor de las pasiones. En esto, como en tantas cosas de la vida, no soy nada original.
Para concluir, les cuento algo liberador. Este curso he decidido prescindir de toda influencia virtual en lo que tiene que ver con el Real Madrid: me desconecto casi por entero. Seguiré, por supuesto, leyendo La Galerna, donde se confirma día tras día que el texto escrito es ahora mismo el último reducto de la racionalidad y la prudencia, con mi pluma como la excepción que confirma la regla y cuya inclusión solo puede entenderse gracias a la generosidad de don Jesús Bengoechea. Me desenchufo, pues, de toda influencia de “creadores de contenido” y de los medios tradicionales, que asesinaron antes que nadie al periodismo. He decidido desconectar la máquina de hacer ruido. Que la selva de gritos y locura siga a lo suyo, pero lejos de mí. Yo solo veré los partidos, que es lo único que me importa. El imperio de la absurdidad mediática me resulta ya completamente irrespirable, además de que es totalmente accesorio, innecesario. Me voy haciendo viejo y cada día de vida se me ha vuelto más precioso, así que no pienso entregárselos. Para escuchar simplezas, amigo mío, me sobran y me bastan mis propias cavilaciones.
Nota Bene: Si ellos siguen, yo también. El acoso a Vinicius Jr., jugador nuestro, aunque a muchos esto parece importarles poco, continúa viento en popa a toda vela. El brasileño es la víctima de un ejercicio de escarnio sistemático y permanente que solo puede ser cultivado por gente miserable, gente sin alma. Esta campaña de machacamiento refleja a las claras el nivel de sociopatía imperante en una edad oscurecida como la nuestra, un tiempo infame en donde grandes sectores de la población se solazan en la práctica sostenida y pública de la crueldad; no se abochornan porque hemos perdido la brújula moral: la culpa y el remordimiento son ahora mismo piezas de un imaginario museo de la ética. No me importa, moriré con la mía. A los canallas hay que señalarlos; las injusticias deben ser mencionadas un día detrás del otro, aunque este mundo nuestro –enloquecido y putrefacto– sea hoy completamente ciego ante ellas. Los medios iniciaron una campaña de persecución infame sin otro incentivo que el de siempre, el dinero. Nunca es complicado conseguir algunas monedas a costillas del Madrid si quien las busca no tiene escrúpulos, ¿verdad? Su maquinaria de lucro indecente se alimenta del combustible más atroz: la carne humana. Ellos también volverán y aquí estaremos también nosotros, hasta el final de los tiempos, para mirarlos fijamente a la cara.
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