[PREVIA] Levante UD – Sevilla FC: «Sueños de tercera clase»

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En medio del terremoto que ha supuesto la Superliga para el planeta del deporte, regresa una nueva rutinaria e intrascendente jornada de Liga. Aparentemente es una más. Pero, hoy, todo es diferente porque ―por suerte― el mundo del fútbol se ha despertado de enhorabuena.

Escasas horas han sido suficientes para que se desmonte solo todo el sinsentido expuesto estos días atrás. Y esto no ha sido más que la consecuencia de un monstruo alimentado desde hace años. El resultado de la perversión de la esencia de este deporte hacia otro que, en caso de consolidarse, habría que cambiarle el nombre, porque ya no sería fútbol. El nuevo Robin Hood del deporte ―bajo la débil excusa de querer salvar el fútbol cuando quería referirse a salvar intereses comerciales― intentó autoproclamarse por encima del bien y del mal en un nuevo paradigma donde se primaría el elitismo a los méritos. Pero, por fortuna, el fútbol se ha vuelto a salvar en el mismo sitio que se creó: en la calle.

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En el siglo XIX y en buena parte del XX, los trenes tenían tres clases de vagones. Los de primera clase tenían asientos con butacas, calefacción y unos pocos pasajeros en un compartimento cerrado. Los de tercera, tenían asientos de madera dispuestos en vagones sin calefacción ni departamentos, en un lugar donde se hacinaban pasajeros de toda condición.

Por fortuna, las clasificaciones sobre las expectativas no existen, porque todo depende de la óptica desde dónde se mire, y cada uno tiene sus circunstancias. Es lógico que desde lo más alto se ve la vida más fácil. Porque lo que sueñas, y lo que eso te genera, siempre dependerá del vagón donde estés sentado. Y esto no puede ser menospreciado por nadie.

Esta noche, tendrá lugar otro irrelevante e innecesario partido del torneo doméstico, de esos que no interesan a nadie porque apenas generan los ingresos necesarios. Se trata del reflejo de poder ganar una Liga, como si se tratase de cualquier cosa. Nada más allá de las migajas de un torneo sin glamour que ya apenas estimula a algunos equipos. Mientras tanto, el viajero de la alta alcurnia seguirá viendo la vida pasar por la ventanilla como si nada. Por eso, nunca tendrán la misma ilusión de poder llegar a lo más alto. Simplemente, porque no se deben a la misma esencia. Los autoproclamados dueños del fútbol exigen una palmadita en la espalda a todo el que intente ocupar su sitio. Pero, como ya se avanzaba hace más de una década, pobre del que quiera… robarnos la ilusión.

Aparentemente parece una quimera ganar una Liga, y mucho menos en estas circunstancias. Pero, ¿qué les queda a los equipos ajenos a esta farándula si no es soñar para sobrevivir? ¿Qué sería de ellos sin este tipo de anhelos? Podemos estar tranquilos. Porque tenemos la suerte de que siempre quedarán ilusiones, aunque sean de tercera clase, para salvar ―ahora sí― al fútbol de verdad.