Maneras de vivir

La Galerna

Imagen del artículo: Maneras de vivir

Dos hombres se miden en el duelo final por la Liga. Los dos son exfutbolistas, pero ahí se acaban las semejanzas. Uno tiene 61 años, el otro, 48. Cuando el primero empezó a entrenar, en 2002, es decir, hace casi veinte años, el segundo ganaba la Copa de Europa de clubes siendo el príncipe del torneo. Uno fue un jornalero del balompié mientras que el otro trascendió más allá del fútbol, convertido en icono mundial. Como entrenadores, uno ha sido despedido de varios equipos de segunda fila; el otro, como un torero, acudió, inexperto, al rescate, en medio de un terremoto y reventó la Historia del fútbol europeo. Luego se fue porque quiso y volvió, porque se lo pidieron, a hacerse cargo de un circo. Abocados ambos individuos a un pulso agónico por el campeonato más extraño en 91 años (la Liga del Coronavirus, como dice, con precisión bautismal de conquistador, o de misionero, Sergio Ramos), los dos hombres están revelando en sus últimas comparecencias públicas varias facetas de su carácter. Las grandes ocasiones sacan la verdad de los individuos, se suele pensar. Recuerdo una frase de Ancelotti en la rueda de prensa previa a la final de Lisboa, en la que decía que la línea que separaba la obsesión por la Décima del sueño por la Décima, era finísima. Y que él prefería considerarla un sueño.

“Aquí no disfruta nadie, estamos todo el día con la soga al cuello”, dijo Setién el otro día, antes de que su equipo empatara contra el Celta y completase el giro de 180 grados con que ha vuelto a la Liga tras el confinamiento: de irse en marzo dos puntos arriba del Madrid, a llegar a finales de junio, cinco partidos después, dos por debajo. Lo del giro no es baladí, Abidal reconoció que habían decidido cambiar de montura en mitad del río para dar un giro al equipo, “había que tomar una decisión” porque “los jugadores no trabajaban” a pesar de que el equipo iba primero. La cara de Setién mientras hablaba con la prensa, airpods en las orejas como tapones para dormir (la sensación al verlo era la misma, como si no quisiera que lo molestaran), era un réquiem. Hay que ver la captura, es demoledora, el retrato de un hombre que sufre. Contrastaba llamativamente con el Setién sonriente que asumió el cargo en enero, después de que el Barcelona despidiera a Valverde. "Ni en mis mejores sueños hubiera podido imaginar estar aquí”, exclamó entonces.

Ten cuidado con lo que deseas. Desde luego, a estas alturas Quique Setién no parece un hombre que esté disfrutando del sueño, más bien lo contrario, parece habitar ese otro lado de la delgada línea roja que describió Ancelotti en Lisboa, el lado oscuro, la obsesión. Sin embargo, nada hay perdido todavía para él. Si el Tata Martino superó en Liga al Madrid, cualquiera puede hacerlo. Quedan seis partidos y del liderato le separa una derrota, o dos empates, del Madrid. Nada que no haya ocurrido ya esta misma temporada, y además en el momento más imprevisto. Trabajar más, no se sabe que lo estén haciendo; lo que sí tiene toda la pinta es que, mientras que a Ernesto Valverde sus jugadores lo respetaban, a Setién (y a su equipo técnico) le tienen tanta admiración como la que la plantilla del Madrid le demostró a Benítez. Habría que preguntarse si esta diferencia entre la filiación que a Zidane le muestran sus futbolistas y la que recibe Setién de los suyos está solo en las diferencias en el pasado de ambos como futbolistas, o en otras cosas.

Enfrente de Setién está Zidane. No me interesa aquí el entrenador, sino el hombre. Más o menos sobre los mismos días en los que Setién certificaba su spleen, el periodista Hermel lanzaba su biografía de Zidane. Un titular me conmocionó. Zidane le confesó una vez que, por el amor de su mujer, de Veronique, se habría tirado al vacío desde un quinto piso. Al hombre tímido y humilde, carismático, inteligente y compañero, se le unió el hombre apasionado. ¿Sería capaz Setién de tirarse por un barranco por amor? Es un buen ejercicio ese de fabulación. Lo que no hay que fabular es el respeto hacia los rivales, algo patente y demostrado en una leyenda del juego como Zidane, y totalmente ausente en un entrenador de talento vaporoso que fue futbolista del montón. Esto habría que subrayarlo, habría que incidir en esto mucho más, quizá ahí esté una de las claves en torno a lo que los hechos recientes nos están contando de la idea de la auctorictas en los dos grandes banquillos del fútbol español. La sonrisa de Zidane es un género en sí mismo, describe al genio con la misma plasticidad que uno de sus controles en carrera de cuando era futbolista, o que una de sus direcciones de campo en cualquiera de las tres finales consecutivas de la Copa de Europa que ha ganado como entrenador. Lo contrario de esa sonrisa es el ceño adusto de Setién, que transmite, si acaso, ganas de morirse. Es el ceño de un catequista enfadado. Algo psicosomático, visto desde fuera, se desprende de ambos, de Setién y Zidane, a sus equipos, sobre todo tras el largo parón obligado. No hay más que ver jugar al Barcelona y ver jugar al Madrid. No hablo de calidad técnica (¡qué nadería!), o de esquema táctico, sino de otra cosa. Como si ver a Zidane sonriendo en la banda galvanizara las energías de sus futbolistas y, en cambio, girar la cabeza hacia su banquillo deprimiera profundamente a los jugadores del Barcelona. Esa laxitud tan cercana a la muerte que se esconde en el trote cansado de Messi, ese brío poderoso de un Ramos cada vez más joven.

Se puede pensar que es algo casual, una impresión exagerada o coyuntural. Es posible. Pero me interesa la leyenda que precede al entrenador Setién porque qué duda cabe, fue esa mitología, extraña, ridícula si uno no pertenece al universo mediático barcelonés, la que lo puso en el banquillo del Barcelona en mitad de una temporada, con todo en juego. Esa idea que de sí mismo tiene Setién, a quien le dijeron que podía ser Napoleón y se lo creyó, está en la base de todo.

Setién llegó a Barcelona con fama de “morir con sus ideas” y de ser un “cruyffista”, además con la cualidad exótica de no haber tenido nunca nada que ver con La Masía. Si uno se asoma a ese dogma del cruyffismo puede llevarse tremendas sorpresas: es lo más parecido a abrir una puerta dimensional y aparecer en el Concilio de Nicea y darse de boca con la teoría del Filioque. El cruyffista no conjuga el verbo renunciar, ya se sabe, eso es anatema. Sólo renuncia a la vergüenza, pero por defecto. El cruyffista lleva dentro un pequeño Lenin, un demonio totalitario que le impele a cambiar el mundo a base de juzgarlo y condenarlo: no le gusta como es, así que precisa fusilar, fusilar y fusilar, no pequeños burgueses y capitalistas, como en Rusia, sino a los execrables defensores de otras teorías acerca del juego del fútbol. Ya lo demostró entrenando al Lugo, con Bordalás, o al Betis, con Pellegrino: con las ínfulas de un Dios del juego, se permitió el lujo de descalificar a profesionales e instituciones, con esa chulería que alguien sabio y viejo podría preguntar de dónde sale, si no hay de qué. Al fin y al cabo, el propio Cruyff podía ser chulo, pues ahí estaba su legado como futbolista, por ejemplo. Sus acólitos, como reza el dicho, suelen ser más papistas del papa, o más belmontistas que Belmonte, al que uno de sus incondicionales quiso un día en la puerta de un hotel, en Madrid, enseñar a dar un pase de pecho según el canon que él mismo había inventado.

Setién anunció que llegaba al Barcelona “sin un currículum extenso” ni tampoco, “títulos”, pero, y esto lo dijo así, “he demostrado que su filosofía me encanta y que, conmigo, el Betis, Las Palmas y el Lugo han jugado muy bien al fútbol”. El jugar bien como medida y como fin, apartado el resultadismo como una reminiscencia prácticamente fascista de concebir la realidad y el mundo. En Setién, el salto tan asombroso que suponía pasar de entrenar a equipos de la pequeña burguesía de la Liga (Betis) o de la clase trabajadora (Las Palmas) a entrenar a uno de la aristocracia, era soslayado con intenciones, mucho más válidas que las evidencias tangibles que ofrecía el entrenador despedido, Valverde, apenas tres de cuatro grandes títulos nacionales disputados. Valverde, que se hartó de ganar ligas en Atenas, por ejemplo, con el Olympiakos, era poca cosa para el cruyffismo, que, convertido en doctrina de Fe, gobierna el entorno sentimental de ese club con mano de hierro. No se permiten herejías e incluso Luis Enrique, que ganó un triplete, es considerado página menor en la Historia azulgrana. Valverde no jugaba bien. Setién aseguraba que se haría, sin apartarse de la Biblia cruyffista. Suficiente.

El escaso currículum, en cambio, de Setién, era parecido al de Zidane antes de que a éste le dieran la oportunidad de entrenar al Madrid por primera vez. Pero lo importante hay que ir a buscarlo más adelante. Cuando Zidane regresó en marzo del año pasado a un Madrid que era una ruina, lo hizo, dijo porque Florentino lo había llamado y él amaba el Madrid. Prometiendo, sólo, trabajo y ganas de estar a la altura no de una idea, sino de una realidad, el club. A lo mejor ahí radica la diferencia esencial entre Madrid y Barcelona. La idea, como la Razón pura, produce monstruos, ya los vio Goya: al lado de Zidane hay otros dos calvos carismáticos sin pasado en España ni, por ello, facturas pendientes; al lado de Setién, el del buen juego, hay un saltimbanqui vocinglero al que no puede ver nadie en el vestuario.

Fotografías Getty Images.