Florentino Pérez, el Real Madrid y el superávit

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El presidente blanco es el gran renovador de la tradición histórica del Club

Sin que nos diéramos cuenta ha empezado otra temporada, otra Liga, que no parece verdaderamente nueva sino más bien una continuación de la anterior. La CoronaLiga terminó a mediados de julio y el brillante triunfo del Madrid de Zidane, la conquista del título número 34, quedó algo empañado por las circunstancias. Se ganó en un estadio sin público, no se pudo celebrar y dos semanas después se cayó penosamente en la Copa de Europa. La imposibilidad de festejar una alegría tan grande como fue aquella Liga dejó un sabor raro. Me recordó a eso que dicen del duelo, que se prolonga dolorosamente hasta el infinito si no se puede enterrar al ser querido.

Como todo se ha sucedido de manera tan extraña, este calciomercato, esa aburridísima (y larguísima) estación que soporta el hastío de los futboleros en verano, también ha resultado ser una cosa gris y sin sustancia: ni un titular, ninguna bomba, ningún De Rossi o Vieira, más allá del affaire Messi, que llevarnos a la boca. Este año el calciomercato ha durado un telediario y ni siquiera ha sonado Mbappé. Quizá la bomba de verdad sea esa noticia que ha pasado medio desapercibida estos días o que en todo caso ha sido recibida con un mohín de insatisfacción: las cuentas del Madrid para el ejercicio económico 2019-2020 han arrojado un superávit de 320 mil euros.

La noticia del superávit en año de pandemia, con el fútbol en monstruosa contracción (como todo, por otra parte), es revolucionaria

Son malos tiempos para la austeridad, aunque ahora haya que decir frugalidad porque es lo que está de moda en el degenerado periodismo generalista español. Yo prefiero austeridad, que viene del griego “áspero” y que a través del latín nos llegó convertida en una noción de rectitud, de laconismo: una sobriedad morigerada, muy castellana, o así me la imaginé yo siempre. Me gusta imaginarme a todos esos hombres que construyeron el Madrid hasta Bernabéu como el caballero de la mano en el pecho de El Greco, unos hidalgos enemigos del derroche, también en las emociones. Por eso aquel primer Del Bosque, el de la Octava, el que no celebraba los goles en Old Trafford, me parecía el compendio de esa manera de ser madridista, tan clásica, tan recia, sin un gesto fuera de lo estrictamente necesario.

La noticia del superávit en año de pandemia, con el fútbol en monstruosa contracción (como todo, por otra parte), es revolucionaria. Vivimos en un mundo que funciona a base de deuda y de dinero de mentira, de dinero que se va a ganar mañana si la muchacha del cuento consigue llegar con el cántaro a la fuente: en el mundo del crédito no sucede nunca nada que entorpezca el camino de la muchacha, pero la realidad, eso lo sabían Omar Jayyam ya en el siglo XI, puede caer de golpe y destruir el cántaro, la muchacha, la fuente y hasta el mismo sendero por el que se va y se viene.

La estrategia de este florentinismo tardío está encaminada a situar al Madrid en una buena posición desde donde competir con gigantes plutócratas

En un mundo donde la especulación es la reina, que Florentino salve trescientos mil euros del presupuesto del club en el año del coronavirus es un acto de subversión, de contestación y de estoicismo: el Barcelona, por ejemplo, declara oficialmente unas pérdidas que se acercan a los cien millones de euros. La estrategia de este florentinismo tardío, un florentinismo renovado y muy alejado de aquel imperialismo conquistador del dinero por delante para comprar lo mejor y lo que hiciera falta, está encaminada a situar al Madrid en una buena posición desde donde competir con gigantes plutócratas: un gran estadio y una última gran estrella, Mbappé, que parece que no quiere renovar por el PSG y sobre el que se articularía la nueva (pero vieja, en realidad) política de expansión de la marca del club en los próximos diez años.

Sin embargo esta nueva visión comedida, parca, previsora y prudente en la gestión del Madrid del Florentino crepuscular es algo que podría decirse que está en los genes del madridismo, como digo, del mismo modo que la audacia financiera de las grandes operaciones (cuya génesis se encuentra en el fichaje de Zamora, el primer galáctico de España). Yo siempre he creído que el madridismo es una tradición subversiva y una negación del mundo moderno, un mentís alto y orgulloso a la realidad de petrojeques y deuda infinita. Hay pruebas y están en el pasado del propio Real Madrid, lo que es lo mismo que decir que está en la base de lo que este club es. El profesor Ángel Bahamonde, en su El Madrid en la Historia de España, cuenta que Santiago Bernabéu “concibió la organización interna del club siguiendo la estela de la estrategia y los objetivos que habían prevalecido en los años treinta, convenientemente adecuados al tamaño adquirido por el club tras la construcción del nuevo estadio”.

Sólo con un nuevo estadio se generará el dinero suficiente como para sostener el nombre y el estatus ante clubes que pueden gastarse ochenta millones de euros por un juvenil

En términos puramente crematísticos, el Madrid afronta las próximas décadas del fútbol de élite como una empresa familiar compitiendo, con lo que tiene, con corporaciones gigantescas cuya capacidad de gasto y endeudamiento superan por mucho la suya. El mismo Liverpool, por salir de los clubes-Estado, pertenece a un conglomerado americano dedicado a la industria del deporte, como el Manchester United. El Leipzig, semifinalista de la reciente Copa de Europa, es de Red Bull. El Madrid tendrá que moverse contando con sus propios medios y para eso un nuevo estadio, y a fin de cuentas la reforma del Bernabéu deparará uno nuevo pero en el mismo sitio. Un nuevo estadio que llenar con las estrellas del mañana como el primer Chamartín con el Madrid republicano de Zamora, Ciriaco, Quincoces y los Regueiro; o como el segundo Chamartín y el Madrid de Di Stéfano y Gento (y de la Copa de Europa, no lo olvidemos). Sólo así se generará el dinero suficiente como para sostener el nombre y el estatus ante clubes que pueden gastarse ochenta millones de euros por un juvenil, sin despeinarse. En eso, Florentino también ejerce como el gran renovador de la tradición histórica del Madrid.

“Bernabéu siempre insistió en que uno de los problemas de los clubes consistía en que éstos solían circunscribir su acción al corto plazo impuesto por las dinámicas electorales”, escribe el profesor Bahamonde. “Una empresa privada, señalaba el presidente, no podría aguantar este ritmo. Según Bernabéu de ahí se derivaba el principio de irresponsabilidad de muchos directivos, que adoptaban decisiones arriesgadas, demagógicas o estériles, siempre costosas y escasamente planificadas y reflexionadas, en las que primaban criterios electoralistas permanentes. Otro efecto pernicioso era que los socios se contagiaban de esta ambientación, respondiendo asimismo con actitudes irresponsables. Se hacía preciso educar al socio”.

El socio del Madrid, viendo el respaldo electoral que ha tenido siempre Florentino, parece bien educado en esta pedagogía con solera en el club, pero otra cosa es el aficionado, el hincha. El hincha global lee todos los días que el Barcelona, siempre al borde de la bancarrota, pretende gastar (y hasta el verano pasado, gastaba, no en vano por Messi pagan entre unas cosas y otras, cien millones de euros cada temporada) como los jeques de Catar. En realidad, cualquier equipo de medio pelo de Inglaterra puede fichar con mayor soltura, ahora mismo, que casi cualquier grande español, italiano o alemán.

La capacidad previsora de Florentino lo pone en la línea de los “hombres notables”, como dice Bahamonde en su libro, que debían regir siempre los destinos del club

Aquí radica la grandeza contestataria de esta austeridad florentinista, capaz de negociar de padre a hijo con los capitanes del fútbol y del baloncesto una bajada del sueldo que le permita al club mantener muchos puestos de trabajo, además de la autonomía financiera del club. Esta capacidad previsora de Florentino lo pone en la línea de los “hombres notables”, como dice Bahamonde en su libro, que debían regir siempre los destinos del club según la teoría del poder concebida por Bernabéu: sólo los hombres notables pueden atisbar el futuro en el ruido y en la furia del presente. Es una concepción aristocrática en el sentido platónico, pura contracultura en un mundo dominado por el democratismo o falseamiento interesado de la idea de democracia, convertida por la propaganda en un fin en sí mismo, en un armario hueco.

Esos 320 mil euros que el Madrid conserva en el año en que el coronavirus vino a destruir la economía de España son algo más que un ahorro, que la muestra de una buena administración: son un posicionamiento moral. Se suele comparar el impacto de la pandemia en la economía española con el de la Guerra Civil. El profesor Bahamonde dice que en los prolegómenos de la guerra, “el Madrid se nos ofrece como el club más estable y con una mayor proyección de futuro en el fútbol español de la época. El club cubre su presupuesto económico sin mayores dificultades e incluso genera un superávit discreto pero que, en relación con sus homólogos nacionales, no admite parangón”. Un superávit de más de cien mil pesetas que permitió al club “generar la mayor cantidad posible de recursos propios y evitó al Madrid caer en una espiral deudora, lo que resultó decisivo en la etapa posterior”.

Fotografías Getty Images.

Nuevo Estadio Bernabéu.