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La Colina de Nervión

·3 de octubre de 2022

Feeling marketing, el fútbol de los mercaderes

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Los aficionados al Sevilla Fútbol Club que no hayan vivido tiempos de dictaduras tienen sin duda un gran ejemplo de lo que pudo ser un tiempo sin libertades formales. La ley que creó la figura de las sociedades anónimas deportivas nos dio el cambiazo a los aficionados, y lo que antes era un sentido de pertenencia pleno, por el que los socios manteníamos económicamente al club y decidíamos su futuro con la fuerza de nuestros votos, ahora nos ha transformado en clientes, a pesar de que aún nos sigan llamando socios o abonados, una figura de la que, como dictan estos tiempos de dictaduras económicas, solo les interesa por el dinero que nos sacan utilizando la trampa de los sentimientos. Lo seguimos manteniendo, pero ya no votamos. Un negocio redondo gracias al feeling-marketing.

Hubo un tiempo en el que los dirigentes eran de los nuestros, gente que un día se había sentado en las gradas como nosotros y que, años después, una vez finalizasen sus mandatos, tendrían que volver a hacerlo. Ahora, en cambio, los propietarios surgidos de aquella ley no tienen por qué haber profesado sentimiento alguno, ni antes ni después. De hecho, en muchos clubes, es más que probable que sus actuales dirigentes ni siquiera supiesen de la existencia de tales entidades antes de que se convirtieran en objeto apetecible de negocio.

Para los aficionados, lo que en su día fue un sentido emocional de pertenencia plena encarnado en un carné de socio, hoy se les ha sustraído cualquier poder de decisión que no sea el de pagar o irte a tu casa. Así, al disgusto natural que sufrimos cuando, como ahora en el Sevilla Fútbol Club, las cosas no marchan bien, le añadimos la impotencia, la frustración, de no poder decidir sobre lo que antes era nuestro y, sin darnos cuenta, se nos escurrió entre los dedos.

Ahora solo mantenemos la obligación de mantenerlo económicamente, a través del pago de las entradas (a los que compran un pack nos llaman socios), de los canales de televisión y de las camisetas y vestimentas varias con las que nos disfrazamos cada año, y que cada año caducan porque siempre cambian para así poder sacarnos cada vez más dinero. Exprima una naranja en el exprimidor y siéntase naranja (el zumo ya sabe quiénes se lo van a beber).

A Jul y Gan les vino ese pensamiento al finalizar el encuentro del Sevilla Fútbol Club frente al Atlético de Madrid. Todos gritábamos, protestábamos desde la grada, impotentes ante una situación en la que la cabeza de Lopetegui puede que ruede, pero que en el fondo sabemos que tiene más responsables.

Somos conscientes de que, aunque torpes y poco preparados, nuestros dirigentes aún son, o fueron, parte de los nuestros, y que caer en las garras de un fondo de inversión del país que fuera, un ricachón de pasado oscuro que ni siquiera sepa de qué color es nuestra camiseta, puede ser aún peor. Si no, podemos preguntarles a los aficionados del Valencia y a los de tantos otros clubes desaparecidos o que vagan por las cloacas de las competiciones futbolísticas.

No, la solución no puede pasar por venderles lo que aún nos queda de alma a gente que solo va a venir al Sevilla Fútbol Club a llevárselo calentito, con el solar del estadio situado en lugar tan interesante desde el punto de vista económico y con tantos empresarios locales aficionados, estos sí que lo son, al trile inmobiliario como modus vivendi exento de dar un palo al agua, y tantos políticos decididos  tanto a cortar un árbol centenario como a salvarlo o a hacerte un trile con unos túneles a cambio de un puente que finalmente será la mitad de la mitad. Qué peligro hay tras nuestras protestas, cómo les estamos abonando también el terreno a los que ya se están viendo encabezar el último club de la resistencia en Europa.

¿Qué es lo que podemos hacer? Cómo seguir soportando en el Sevilla Fútbol Club a un entrenador sin ideas, sin capacidad alguna de darle la vuelta a la situación, con jugadores pensando en si meter o no la pierna con un Mundial a la vuelta de la esquina. Qué decir de un director deportivo que afirmó, con la credibilidad que tienen sus palabras ante nosotros, que el verano pasado iba a ser ilusionante y estratégico. ¿Qué ha sido de la estrategia y de la ilusión?

¿Qué podemos decir nosotros, los aficionados, a unos dirigentes que no tienen que dimitir porque lo digamos nosotros sino porque lo digan quienes se sientan con ellos? Una dictadura tiene eso, manifestarse con riesgos, ahora en este tiempo con el riesgo de sufrir un infarto del disgusto, sin que policía alguno tenga que correr detrás de nosotros a darnos con la porra.

¿Pepecastro, dimisión?; ¿Monchi, dimisión?; ¿Lopetegui, dimisión?… ¿De qué pueden servir en el Sevilla Fútbol Club nuestros gritos? Puede que en breve nos sirvan la cabeza de alguien en bandeja de plata, pero poco más. ¿Tendría sentido, por ejemplo, pedir la dimisión del dueño del bar de la esquina porque es muy antipático y tira mal la cerveza? No, claro que no, el bar es suyo y puede llevar su negocio como le venga e gana. Lo único que podríamos hacer es no volver a entrar en ese bar e irnos a otro. Pero eso, en fútbol, es un imposible, y los dueños lo saben, ya se vio con la subida de los carnés.. Porque el fútbol es una de las principales, si no la principal, manifestación cultural del siglo XX e inicios del XXI, es una religión de la que nadie puede ejercer la apostasía. Ninguno vamos a cambiar este bar por otro, pero el bar ya no es nuestro, se lo quedaron unos cuantos llamados accionistas mayoritarios que lo único que quieren es ganar dinero, y vencer en tanto en cuenta las victorias reporten más beneficios económicos. En esto hasta la derrota puede ser negocio. Y si no nos creen, al tiempo.

La ley de sociedades anónimas deportivas vendió al mejor postor el carácter popular del fútbol, una forma pacífica de dirimir las diferencias entre los seres humanos, y lo transformó en un negocio, y como tal, en una forma de exprimir a una clientela cautiva que jamás va a cambiar de compañía por muchos megas gratuitos o tarifas planas que le ofrezcan. Y ellos lo saben. Un negocio, además, del que son también corresponsables todos los que viven de él, futbolistas para los que el dinero es el único escudo que importa, o entrenadores que, como el a punto está de coger boleta, no se van a marchar hasta que no se les pague el último euro de sus contratos; o como el que dicen que va a venir, que estará hasta que le convenga, como ya hizo en su primera espantá. En el mundo del negocio solo viven mercenarios.

Y esto es lo que hay. Y lo que nos queda es frustración o guillotina. Afortunadamente, el fútbol nos ha servido para luchar sin necesidad de hacer sangre. Ojalá que siga siendo así y que ello no sea incompatible con expulsar de nuestra religión a los mercaderes del templo. Trabajo va a costar.

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