Bilardo y una obsesión llamada Copa del Mundo

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Alejandro Diago

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Fue un 29 de junio, pero de 1986, cuando Argentina logró su segunda Copa del Mundo. El día en el que todo un país cumplió el sueño de salir campeones del mundo de la mano del mejor técnico que ha tenido la selección: Carlos Salvador Bilardo.

Decir México ’86 es decir Maradona, Burruchaga o Pumpido. Pero, sobre todo, el Mundial de México tiene un nombre especial para los argentinos: Carlos Salvador Bilardo. El técnico de la selección argentina fue el encargado de liderar a la Albiceleste a volver a levantar la Copa del Mundo en un torneo que quedó grabado en el imaginario de toda una nación.

Pero para entender la importancia de México ’86 hay que entender que Bilardo no las tuvo todas consigo en ningún momento. Las presiones de una parte importante de la prensa e incluso del gobierno de Raúl Alfonsin estuvieron a punto de acabar con su carrera como seleccionador antes de arrancar incluso las eliminatorias mundialistas.

Carlos, como siempre, se mantuvo fiel a su filosofía. Esa que aprendió en Estudiantes de la Plata de la mano de otro mito como Osvaldo Zubeldía: humildad, trabajo y nunca claudicar. Poco a poco fue armando al equipo, dándole la forma y consiguiendo que los jugadores se involucraran en el proceso.

Todos aceptaron anteponer sus intereses al grupo. Sin excepción. No había estrellas por encima de otras. Estaban todos en el mismo barco e iban a remar a una para alcanzar la Copa del Mundo. La frase antes de partir a tierra azteca fue profética: “señores, metan un traje y una sábana en su valija antes de viajar a México. El traje es por si volvemos con la copa. La sábana es por si no volvemos con ella”.

Y volvieron, claro que volvieron con el trofeo. Lo hicieron en un torneo donde Bilardo sabía de la importancia de un secundario determinante: José Luis Brown. El Tata, un jugador tranquilo, cumplidor y trabajador silencioso, cumplía todos los deseos de Carlos. Y el propio técnico le dio la mayor confianza de todas: titular con la camiseta de la selección.

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Se habla mucho del gol de Burruchaga en la final. Pero la figura de Brown era determinante para esa Albiceleste. Maradona lo reconocía días antes de que el Tata falleciera. Si Brown estaba bien, Diego estaba bien. Y en esa final estuvo de fábula, y fue clave para que Argentina saliera campeón.

Hoy se cumplen 34 años de la mayor hazaña del fútbol argentino. Una hazaña que quedó reflejada en la bandera que apareció en el Azteca al término de la final ante Alemania Occidental. “Perdón, Bilardo”. Esas disculpas que le pedía gran parte de los que no creyeron. Y pese a todo, Carlos lo dejó claro ante quienes no confiaban: “en la vida nunca hay que buscar la revancha”.

No cabe duda de que los días más felices, como ese 29 de junio de 1986, fueron, son y serán siempre bilardistas.